jueves, 31 de mayo de 2012
Un nuevo horizonte
El reflejo era diferente. Las luces y sombras que se desprendían de esa persiana y dibujaban reflejos en el suelo hablaban por sí solas. La incertidumbre ayuda a percibir las cosas desde otro prisma. Abrí la pequeña ventana con entusiasmo y un nuevo horizonte me dio la bienvenida. Amanecía con ganas el lunes de la última semana del mes. El sol, cegador, daba los buenos días con la fuerza de una intensa jornada de agosto.
Los últimos días de mayo daban coletazos mientras los papeles pendientes de firmar se amontonaban. Después de una más que larga semana de insomnio en la que sólo retumbaba en mi cabeza un pensamiento, una decisión, un temor, llegaba la calma de las aguas mansas y el espanto de un tsunami al que había que enfrentarse.
El silencio se apoderaba de esa sala con tres mesas vacías. Una dulce voz decidió romper el hielo y entablar una vana conversación que trascendió en la más absoluta oscuridad de la presión diaria. Una presión que aflige todas las ramas de una profesión con millones de parados y a la que los más esperanzados se adhieren como a un clavo ardiendo.
El amargor del negro futuro que vaga por todas partes trata de consternar y apabullar a todos, empleados o parados. Sin embargo mis temores se alejan de manera insólita de la falta de trabajo. Nada de eso. La pérdida de identidad y el temor a tropezar y no poder volver a levantar me atrapan.
Aún con todo brillaba el sol, el día era precioso y esos nuevos horizontes parecían tener un color especial, intenso y muy atractivo.
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