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Creo que ya por ese entonces, cuando miraba a la pantalla que llevaba hasta el salón de mi casa la realidad -o la ficción- de un mundo que no parecía el mío, empezó a despertarse un interés en mí por contar historias.
Pasaba el día entero jugando a las muñecas. Yo era el cuentacuentos y ellos unos pequeños especialmente dóciles... Entonces no sabia que nunca volvería a encontrarme con un público tan conformista ante mis palabras.
Mi padre siempre ha sido un devorador nato de prensa. Inconformista ante una sola visión, fue él quien me pegó la manía -o mejor dicho virtud- de comparar las historias que nos acercan... "De lo que te cuenten la mitad", decía.
De pequeña no podía imaginar que disfrutaría tanto llenando páginas de periódicos con lo que mis ojos y oídos captaban aquí y allí. Claro que tampoco se me había pasado por la cabeza, y si me hubieran advertido tampoco lo habría creído, que fuese tan difícil defender la realidad.
La primera vez que me enfrenté al maquillaje de la información aún estaba en la universidad. Fue entonces cuando me percaté de los vacíos que tiene esta profesión. El primer palo te quita la ilusión... Pero un día te encuentras con un periodista con edad y experiencia, que disfruta de su oficio como un niño con zapatos nuevos y todo vuelve a brillar.
Porque en esta vida se puede creer en esto y en todo lo contrario.