Parece que ya sale el sol.
Hace tan sólo una semana Ena miraba por la ventana con desconsuelo, el día y sus aspiraciones de futuro estaban tan grises como el cielo desde hacía meses. De nuevo un día de carreras e incertidumbre, una jornada agotadora más en el trabajo. Sus ánimos, minados hasta decir basta, le pedían un poco de sal, luz, color, flores. El fin de semana llegó como una bendición. Dos días enteros libres. Pocos planes a la vista y muchas horas para pasear y descansar. Las ganas de frenar, de poner el pause, le llevaron a tirarse en el sillón después de haber recorrido media ciudad en bicicleta para desfogar el estrés laboral. Eran las nueve y media de la noche y lejos de querer dormir, la cabeza de Ena trabajaba a mil revoluciones. La tranquilidad le embargó al instante, el silencio y la paz que se respiraba en su apartamento le llevó a permanecer despierta hasta las cuatro de la mañana del viernes, entre papeles e ideas de futuro.
Entre sus proyectos, continuar con la decoración de su casa y reconstruir su novela, su primer relato de verdad, no esos cuentos que le gustaba inventar en la universidad. Su casa, con paredes grises, detalles cromados y muebles lacados en blanco, buscaba una reinvención. Un toque más naif y dulce. Algo que le inspirase y le ayudase a sentirse cómoda. Ya se sentía a gusto, era su hogar, su rincón para divagar, pero su inquietud hacía que necesitase pequeños cambios a menudo.
Sábado y domingo pasaron rápido, como siempre.
El lunes amaneció gris, para varíar, Pero Ena sentía el sol en su interior. Podía percibir que la semana iría a mejor, el cielo se abriría y el cambio de hora le insuflaría de energía y le ayudaría a estar más activa, si cabe. Las noticias no ayudaban demasiado, manifestaciones por todas partes en contra de las prospecciones petrolíferas de la isla vecina, planes contradictorios sobre la huelga general del 29 y una ristra de muertes fuera de estas fronteras.
Su cabeza últimamente no quería madurar. No quería reflexionar sobre qué hacer con su vida. Tenía que tomar una decisión que pasaba por coger un avión y volar más de 10 horas en busca de un futuro que mereciese la pena, ese que le hace a uno mirar al horizonte y descubrir la casa de tus sueños, decorada en tonos cálidos con perro en el jardín y buzón individual en la puerta. Pero no quería pensar en abandonar lo ya construído, aunque fuese mínimo, y eso que soñaba despierta con una nueva vida, cerca de la única persona que le hacía reir a carcajadas.
Ahora ocupaba la mayor parte de su tiempo con revistas de tendencias, blogs de moda y ganas de renovar el closet. Sí, podía ser superficial, pero era lo que imperaba, no había manera de entretener mejor a la mente.
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