Cuando se detiene el tiempo y la cabeza se acelera, los pensamientos, abruptos y atropellados, fluyen y se entremezclan tratando de buscar un rincón de paz. Cobijo para el cansancio.
Los libros, que pueden ser la salida más rápida a la angustia diaria, suelen ser la bofetada de una realidad que no te deja desconectar.
Páginas preñadas de letras, frases y párrafos que te hacen viajar y sentir que has salido de tu cuerpo por un instante. Sentir que eres capaz de contemplar la vida y aprender de errores pasados. Experiencias que quedan selladas para siempre en el papel y que desafortunadamente parecen servir de inspiración una y otra vez sin percatarnos de que caminamos con paso firme hacia la desgracia. Momentos frente a un libro que no querrías que acabaran nunca porque sabes que el golpe polvoriento de las tapas te devolverán a tu realidad, a aquella que has elegido (o no), afortunada o desafortunadamente. Una existencia quebrantada por el capricho del puño que ostenta el poder y que, endiosado, cree saberlo todo.
¿Y ahora qué?
La oscuridad se cierne sobre la tierra sin visos de que el amanecer llegue con la fuerza necesaria. Día tras día las informaciones revelan la tristura del que siempre pensó que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Pero más triste es aquella mirada del que, convencido, se decía cada día que lo mejor estaba por llegar.
Brillantes futuros truncados. Penosas existencias abandonadas a su suerte. Simples vagabundos
Aún con todo hay quien prefiere abrir bien los ojos y tratar de buscar la salida. Hay quien blinda su corazón para que no se pudra y pueda soportar la quemazón. Sonreír a diario y disfrutar de las pequeñas cosas que nos regala la vida es difícil, sobre todo cuando lo que te queda es aguantar la desidia y el amargor de los que te rodean. Pero quedan buenas personas, están ahí. Apenas hay que abrir los ojos.
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