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Nací en una ciudad de mar, una ciudad grande llena de gente y de historias en una época en la que la televisión comenzaba a copar todo el protagonismo. Fui una niña muy feliz, con muchos amigos y una familia unida. Aún en mi época pasábamos las tardes en el parque jugando con la comba, la pelota o la bicicleta. Compartíamos los pintalabios de chicle y los gusanitos y nos montaban en el maletero del coche.
La televisión para mí era un mueble más de casa, no entendía la importancia que le daban los demás miembros de la familia porque desde que recuerdo está ahí. Mostrándonos las alegrías y tristezas de otros, las riquezas y pobrezas, los logros y pérdidas de personas que no conocemos y que, en ocasiones, a golpe de imágenes en movimiento, terminamos creyendo conocer.
Ese aparato luminoso de sueños y pesadillas abrió en mí un mar de dudas en mi adolescencia. ¿Por qué hay personas podridamente ricas mientras que otros mueren desnutridos? ¿Por qué se corre tanto en las grandes ciudades? ¿Por qué no todos pueden trabajar en lo que quieren? ¿Quién decide todas estas cosas?
Con la edad fui madurando todas las posibles respuestas. Ahora, cuando tengo un rato libre y me vienen todos esos interrogantes a la cabeza río por no llorar.
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